Escribir tranquilo

Desde hace mucho que estoy sintiendo el “bloqueo”. Si bien es cierto que en los últimos meses pude terminar algunos papers, no son lo mismo que antes, y tampoco mi actividad de blogger es la de antes. Comencé en el año 2008 y estaba lleno de trabajo, realizaba mis investigaciones como historiador, salía y me divertía con mis amigos, aprendía latín y estudiaba hebreo, cursaba seminarios de postgrado y aún me quedaba tiempo suficiente para escribir a veces largos post para mi viejo blog (hoy resguardado por mis antiguos colaboradores).

¿A qué se debe? ¿Al trabajo? ¿La familia? No lo creo. Tampoco lo sé. Sólo sé que a veces me siento delante de mi Notebook, abro LibreOffice Writer (uso Linux como único sistema operativo desde hace poco más de un año) y me quedo allí, mirando la pantalla en blanco.

Escribir un blog no era un simple pasatiempo. Me ayudó a crecer como intelectual: aprendí muchísimo de historia, porque tuve que investigar para mis post. Aprendí Latín, aprendí de Liturgia, de simbología, de mitología comparada, tuve que pasar mucho tiempo en bibliotecas tomando notas para luego elaborar mis apuntes, que a veces se veían reflejados en un post. Algunos de mis post sirvieron luego como puntapié para algún paper, alguna ponencia en algún congreso e incluso alguna charla o clase. Sentarme a escribir era una rutina, todos los día, por lo menos media página, por lo menos quinientas palabras tenían que salir. Algunas veces costaba más y entonces me limitaba a comentar algún artículo que había encontrado en otro sitio, el cual, por honestidad intelectual enlazaba desde mi blog; otras escribía hasta dos o tres post por día… y entonces “programaba” las entradas para que salieran a lo largo de una o dos semanas… había tomado el tiempo para que los lectores llegaran, comentara y luego volvieran por más.

Todavía vivía con mis padres cuando comencé con mi blog, y a veces mi padre se levantaba a la madrugada, a caminar un poco, nebulizarse, ahogado por la enfermedad que lo fue consumiendo y se quedaba sentado cerca, viendo como yo escribía y consultaba mis fichas, mis cuadernos… mis notas y alguna vez se allegó con una taza de café. Mi padre no entendía muy bien mis aficiones intelectuales, pero las respetaba y las alentaba.

Estando él internado, poco antes de que lo desahuciaran, a veces se despertaba en la clínica, de madrugada, y me veía escribir: era mi tesis, era algún ensayo o incluso un post. Sonreía y me repetía “escribí tranquilo”.

Eso es lo que trato de hacer. Eso es lo que quiero volver a hacer.

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