Una mirada larga y amorosa a lo real

Tessa Bielecki, La Voz del Silencio. Ediciones Paulinas. Colección Tabor nº 16.

Tessa nació en el seno de una familia polaca de Connecticut. Como muchas jóvenes, creció leyendo revistas de belleza, coleccionando recortes de estrellas de cine y dando por supuesto que se casaría y criaría hijos. Durante los dos primeros años de universidad Tessa asistió a un retiro para estudiantes dirigido por el padre William McNamara. Después de terminar sus estudios y trabajar durante un año, se unió al padre McNamara y al Instituto de vida espiritual, situado entonces en el desierto de Arizona, a la edad de veintidós años. Desde entonces su vida ha estado dedicada a edificar y sostener la comunidad carmelita que se ha desarrollado allí. Actualmente ocupa el cargo de abadesa, y deja la vida eremítica varias veces al año para participar en retiros contemplativos y conferencias.

Deseo hablar de la oración cristiana no tanto en términos generales, sino como algo íntimamente personal. Es difícil ser lo suficientemente vulnerable para compartir lo que hay de más profundo en la vida de uno; no es fácil desnudar el alma propia. Pero sería aún más desdichada si dejara de compartir con vosotros al menos algo de mi práctica cristiana. Obviamente, la oración alcanza aquí un punto en el que se vuelve inefable, por lo que no se puede hablar de ella; pero yo debo limitarme a hacer lo que está en mi mano y llegar hasta donde me lo permitan las palabras.

Una de las definiciones más sencillas de oración cristiana que conozco se debe a san Juan Damasceno, el cual decía que orar es elevar la mente y el corazón a Dios. Otra definición maravillosa proviene de Teresa de Jesús, la cual afirmaba que la oración es “conversar de corazón a corazón con Dios, que sabemos nos ama“. El término conversación puede llamar a engaño aquí; cabría pensar que la oración es sólo cuestión de hablar mucho, lo que no es el caso. Así como la conversación humana comprende períodos de escucha además de hablar, lo mismo ocurre en la oración carmelitana. Personalmente, a veces prefiero usar la palabra comunión: comunión con el Dios que sabemos nos ama.

La oración se describe a veces también como “un grito del corazón“. Por supuesto, el corazón puede gritar de muy diferentes maneras. En la tradición católica, la oración comienza de ordinario con una exclamación verbal deliberada. A ese estadio le llamamos meditación. Nos servimos de un tipo de ejercicio o método para serenar la mente y centralizar la personalidad. Es como levantar los andamios para preparar la edificación. Luego pasamos a la contemplación, que es una etapa más pasiva y receptiva. Naturalmente, no me refiero a un tipo indolente de pasividad, como si estuviéramos esperando que pasara por encima una apisonadora. En mi comunidad usamos la expresión “pasividad sensata“. Es un estado de alerta, vivo y muy despierto, como el gato pronto a saltar o un ejército dispuesto a atacar. Este aspecto contemplativo que luego se desarrolla se describe a veces como una conciencia amorosa y experiencial de Dios. O podríamos decir menos teísticamente: una conciencia experiencial amorosa. En su poema Noche Oscura, Juan de la Cruz describe la oración contemplativa así:

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobe el Amado;

cesó todo, y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

Otras descripciones incluyen: “Verlo todo sobre el fondo de la eternidad“, y “un ensanchamiento del corazón”. A mí me gusta especialmente está última, pues cuando oigo a los budistas hablar de su práctica, parece que tienen mucho que decir sobre la mente, y yo echo de menos oír hablar del corazón. Sé por los budistas que conozco que el corazón tiene su puesto allí, pero no oigo hablar de él mucho. Mi definición favorita de la contemplación es “una mirada larga y amorosa a lo real“. Como estamos describiendo una experiencia tan enormemente densa, es importante cada una de estas ideas; larga, amorosa, mirada. El momento contemplativo es largo; por tanto, no es un momento fugaz, sino que incluye interpretación de largo alcance; es amorosa, porque es participación en el misterio de todas las cosas, y es una mirada, porque incluye una apreciación de todo lo que es real.

Si restringiéramos nuestra oración totalmente a la meditación, al menos en la tradición carmelita, nuestra vida de oración resultaría terriblemente raquítica. De hecho, según avanzamos y crecemos más íntimamente en la unión con Cristo, dejamos de necesitar absolutamente el paso preliminar de la meditación. Juan de la Cruz nos enseña en la Subida al Monte Carmelo a discernir si ha llegado ya el tiempo de dejar de meditar y pasar a la contemplación, o si simplemente somos perezosos y no nos molestamos más en meditar. Describe también la necesidad de prescindir de la meditación cuando es el momento de hacerlo. Su instrucción reza: “Si encuentras la naranja pelada, cómela”. No tienes que volver a pelarla. Es lamentable que el cristianismo tenga reputación de estar orientado a la palabra y la acción, pues la contemplación ocupa realmente el centro de la tradición. Aunque ha existido la tendencia a dejar en la penumbra a la tradición mística, en aras de otros elementos tales como el saber, la acción social y la meditación discursiva, para el catolicismo sigue siendo entrañable la contemplación u oración no verbal.

En mi comunidad hay dos períodos diarios de oración común. Nos reunimos todas las mañanas a las seis para laudes, y luego otra vez a las cinco de la tarde para la oración conocida como vísperas. Idealmente, me preparo a los períodos de oración con lo que llamamos nosotras “preparación próxima para la oración”. Quizá  os sorprenda saber que mi preparación es a menudo una actividad física. Doy un paseo o nado, monto en bicicleta o a veces doy vueltas al estiércol. Otras veces escucho música o contemplo una obra de arte; o bien voy al jardín y estoy allí sentada mirando, o incluso doy unos paseos por ‚él. Hago cualquier actividad centrada y sencilla que reúna las fuerzas de mi ser en un acto concentrado. Pero también hay momentos en los que me tiro de la cama a las seis menos cuarto y voy corriendo a la capilla. O a las cinco menos cuarto de la tarde, a lo mejor dejo precipitadamente una actividad febril o algún encuentro personal agotador, y también me queda el tiempo justo para entrar en la capilla. Y ello porque también eso es mi práctica. Como veis, toda mi vida es práctica. Pero todos sabemos que esa afirmación es peligrosa, pues también es importante concentrarse o centrar nuestra práctica en determinados períodos de tiempo para no volvernos desordenados.

Además de los dos períodos de oración común, cada día tenemos al menos una hora de oración en solitario. En mis días mejores, hago dos horas; pero a menudo es difícil disponer de la segunda hora. ¿Dónde hago oración cuando rezo sola?. En cualquier parte. A veces en la cama. O quizás tomando el sol o nadando en el río. Algunas de mis mejores oraciones las hago en compañía de nuestro perro pastor Zorba, o con nuestro gato. Ese gato ha vivido conmigo más que cualquier otro miembro de la comunidad y, al cabo de quince años, mantenemos excelentes relaciones. Mirar sus ojos me sitúa directamente donde necesito estar, justamente en el centro. Sin embargo, la mayoría de las veces rezo en la capilla, pues creo que el espacio sagrado es importante. Una de las cosas que me sorprenden al venir a Boulder, es ver las numerosas capillas de las casas de los practicantes budistas. Es una lástima que no encontrásemos un lugar así de oración en la mayoría de las casas católicas. Por supuesto, todo espacio es sagrado. Pero, por otra parte, tenemos que reconcentrarnos en lo sagrado, o nos volvemos descuidados; nos olvidamos. Puedo rezar a Dios al aire libre; pero cuando entro en una iglesia, la sensación de la presencia es diferente. Está centrada. En la misma capilla el altar es un foco poderoso; y dentro del tabernáculo está la hostia consagrada, el trozo de pan que ha sido convertido en el cuerpo de Cristo durante la celebración de la misa. Aquí la cualidad de la presencia es palpable. También podemos decir que todo pan es sagrado: pero la iglesia que tiene el santísimo sacramento posee una presencia diversa de la que no lo tiene. Donde el santísimo sacramento está fuera del tabernáculo, tenemos una presencia en su máxima intensidad. Por eso, aunque Dios está en todas partes, es muy natural que a menudo acuda a la capilla a rezar.

Cuando entro en la capilla, me quito el calzado y hago una profunda reverencia. En realidad, esa reverencia es mi oración. Una vez dentro, normalmente me siento en el suelo apoyada en la pared. Contrariamente a la práctica budista, en la oración cristiana no hay ninguna postura estricta. Normalmente yo rezo con las manos juntas, lo que siempre ha sido expresión natural de reverencia para mí. A veces rezo tendida, postrada. Está lo hago sólo en privado, pues intento ser considerada con otras personas, a las que podría chocarles tal espectáculo. Una dimensión importante de la oración cristiana es que no debe haber nada demasiado desacostumbrado en lo que los demás te ven hacer.

A veces, cuando rezo, me doy cuenta de que estoy distraída, y tengo que volver a recogerme con un rato de meditación. Unas veces hago un ejercicio de respiración, como lo he aprendido del budismo, o bien recurro a lo que se llama en el cristianismo “jaculatoria”. Está comprende la repetición de una sola expresión que he escogido deliberada e intelectualmente o que he adquirido de algún modo. Una de las que uso más a menudo es: “Alabado sea Jesús en el santísimo sacramento del altar”, que procede de nuestro ritual de bendición. Otra que he conocido últimamente es una línea de un poema de Francis Thompson, El perro del cielo : “Desnudo esperaba el golpe inspirador de tu amor”. Repito estas palabras una y otra vez hasta que se imponen, hasta que quedo desnuda esperando el golpe inspirador del amor. Otras meditaciones no son verbales, sino que incluyen una imagen política de Cristo o una escena de la Escritura. Una de mis imágenes favoritas es la de Cristo asando peces en la playa. Ahí está Cristo resucitado en su última acción, que podría inducirnos a esperar algún tipo de espectáculo milagroso. Pero, ¿Qué experiencia es? Cristo se encuentra sentado en la playa por la mañana temprano asando peces. Esa imagen la he tenido siempre en mí, y se ha vuelto más y más penetrante. Pues bien, incluso cuando prescindo de la imagen, nunca me abandona del todo; precisamente se vuelve más transparente. Veo que también la lectura de las Escrituras puede ser un ejercicio útil para recogerse. Primero leo despacio y reflexionando, rumiando las palabras, y luego lo dejo. A partir de ahí, nadie puede decir lo que suceder .

El cristiano que ora no siempre se sienta en serena quietud. La tranquilidad, por supuesto, es una importante dimensión de la oración, pero no es más que una de sus dimensiones. Si está fuera la única clase de oración que conocemos, ignoraríamos un  ámbito muy rico de la experiencia. Por ejemplo, a veces en la oración me angustio y lloro de ansiedad. No se trata de una ansiedad neurótica, sino de una ansiedad existencial genuina: es un sufrimiento intenso por el mundo. El mundo entero está conmigo allí, explícita y conscientemente. El hombre de El Salvador cuya cabeza va a ser cortada está en mi oración: siento su miedo: sufro el dolor de sus heridas, lloro sus lágrimas, lloro las lagrimas de su esposa e hijos, lloro por el soldado que va a matarle. Está es lo que, en el contexto cristiano, llamamos “oración de intercesión”. Lamentablemente, el término se ha trivializado con el tiempo, hasta el punto de que mucha gente cree que consiste en decirle a Dios por lo que debe preocuparse, como si ‚él no lo supiera ya: “Te ruego que cuides de mi tía Sara”, o “Te pido que mires por Sudamerica”. En nuestra comunidad pensamos que la oración de intercesión debe ser “saltadora, antes de ser exhortativa”. Antes de que podamos exhortar a Dios, primero debemos saltar a la rama, a la situación. Debemos colocar nuestro cuerpo en línea, donde está nuestra boca; no podemos limitarnos a ofrecer peticiones vulgares.

A veces en la oración me río. Y hay veces, especialmente si no me ven, danzo como David ante el arca de la alianza. A veces puedo sentirme tan llena de gozo que no logro contenerme, y me encuentro contorsionándome. O puede tratarse de otra clase de agitación, en la que mido con mis pasos el suelo, me retuerzo las manos o escondo la cara en ellas. Puede que discuta con Dios como Job, o que luche con él como Jacob. La Biblia dice que Jacob terminó cojeando; yo no he terminado cojeando, pero a menudo he quedado exhausta. La oración cristiana no es siempre relajadora y refrescante. A veces es una crucifixión, una agonía.

A veces la mejor definición de la oración es una hemorragia lenta, interior; un silencio reverente, sobrecogedor, sin palabras ni imágenes. Ese silencio puede ser una presencia plena, misteriosa; otras puede ser una ausencia aterradora, la experiencia del abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34). También eso es oración cristiana.

Es importante que sepamos apreciar todas estas posibles variaciones y dimensiones al seguir los ritmos y estaciones de nuestra vida de oración. Como decía Nikos Kazantzakis: “Alentando en el cielo y la tierra, en nuestros corazones y en el corazón de todo ser vivo, hay un aliento gigante, un gran grito, que se llama Dios”. Y el único modo de responder al gran grito que se llama Dios es con el grito del corazón que se llama oración.

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